jueves, 16 de noviembre de 2017

sábado, 11 de noviembre de 2017

LA SAGRADA COMUNIÓN Y EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA - XIV

CAPÍTULO 14 
Del santo sacrificio de la Misa. 

Ya hemos tratado de este divino Sacramento y de sus efectos y virtudes admirable, en cuanto es sacramento; resta ahora tratar de él en cuanto es sacrificio, que es una cosa que el sagrado Concilio Tridentino manda a los predicadores y pastores de las almas que declaren a sus ovejas, para que todos entiendan el tesoro grande que dejó Cristo nuestro Redentor a su Iglesia en dejarnos este sacrificio, y se sepan aprovechar de él. 

Desde el principio del mundo, a lo menos después del pecado. aun en la ley natural, siempre hubo y fueron necesarios sacrificios para aplacar a Dios y para reverenciarle y honrarle en reconocimiento de su infinita excelencia y majestad. Y así en la vieja ley instituyó Dios sacerdotes y sacrificios muchos; empero, como la ley era imperfecta, los sacrificios también lo eran; sacrificaban y mataban muchos animales; no les podía aquello llevar a perfección, no bastaba el sacerdocio de Aarón ni sus sacrificios para santificar a los hombres y quitarles los pecados (Hebr., 10, 4): [Porque es imposible que con sangre de toros y de machos de cabrío se quiten los pecados], dice el Apóstol San Pablo. Era menester que viniese otro sacerdote según la orden de Melquisedec, que es Jesucristo, y que ofreciese otro sacrificio, que es a Sí mismo, que fuese bastante para aplacar a Dios, y santificar a los hombres y llevarlos a la perfección. 

Y así dice San Agustín que todos los sacrificios de la vieja ley significaban y eran figura de este sacrificio; y que así como una misma cosa se puede significar y dar a entender con diversas palabras y en diversas lenguas, así este único y verdadero sacrificio fue significado y figurado mucho antes con toda aquella multitud de sacrificios, para, por una parte, encomendárnosle muchas veces, y, por otra, con la diversidad y variedad quitarnos el fastidio que suele causar el repetir muchas veces una misma cosa Y por eso, dice, mandaba Dios que le ofreciesen sacrificios de animales limpios, para que entendiésemos que así como aquellos animales, que se habían de sacrificar, carecían de los vicios y defectos del cuerpo y no tenían mácula, así el que había de venir a ofrecerse en sacrificio por nosotros no había de tener mácula de pecado. Y si aquellos sacrificios agradaban a Dios (como es cierto que por entonces le agradaban), era en cuanto por ellos confesaban y profesaban los hombres que había de venir un Salvador y Redentor que había de ser el verdadero sacrificio; y en virtud de éste tenían aquéllos entonces algún valor. Pero en viniendo que vino este Salvador y Redentor al mundo, desagradaron a Dios aquellos sacrificios, como lo dice el Apóstol (Hebr., 10, 5), [Entrando en el mundo dice a su Eterno Padre: No quisiste sacrificios ni ofrendas; mas me has preparado un cuerpo; los holocaustos por el pecado no te agradaron; por tanto, dije: Aquí estoy, Señor, conforme a lo que está de Mí escrito en la suma del libro, vengo a cumplir tu voluntad]. Dio Dios cuerpo a su unigénito Hijo para que hiciese la voluntad de su Padre, ofreciéndose por nosotros en la cruz. Y así, viniendo al mundo lo figurado, cesó la sombra y la figura, y dejaron de agradar a Dios aquellos antiguos sacrificios. 

Pues éste es el sacrificio que tenemos en la ley de gracia y el que cada día ofrecemos en la Misa. El mismo Jesucristo, verdadero Hijo de Dios, es nuestro sacrificio (Efes., 5, 2): [Se entregó a Sí mismo por nosotros a Dios en oblación y sacrificio de suavísimo olor]. Y éstas no son consideraciones devotas, ni pensamientos propios, sino cosas que nos enseña la fe. La Misa, es verdad que es memoria y representación de la Pasión y muerte de Cristo; y así dijo Él cuando instituyó este soberano sacrificio (Lc., 22, 19): [Haced esto en memoria mía]; pero es menester que entendamos que no solamente es memoria y representación de aquel sacrificio, en que Cristo se ofreció en la cruz al Padre Eterno por nuestros pecados, sino es el mismo sacrificio que entonces se ofreció, y del mismo valor y eficacia. Y más: no sólo es el mismo sacrificio, sino también el que ofrece ahora este sacrificio de la Misa, es el mismo que el que ofreció aquel sacrificio de la cruz. 

De manera que así como entonces, en tiempo de la Pasión, el mismo Cristo fue el sacerdote y el sacrificio, así también ahora en la Misa, el mismo Cristo es no solamente el sacrificio, sino también el sacerdote y el pontífice que se ofrece a Sí mismo cada día en la Misa al Padre Eterno por ministerio de los sacerdotes. Y así el sacerdote que dice la Misa representa la persona de Cristo, y como ministro e instrumento suyo y en su nombre ofrece este sacrificio. Lo cual declaran bien las palabras de la consagración; porque no dice el sacerdote: Este es el cuerpo de Cristo, sino Este es mi cuerpo; como quien habla en persona de Cristo, que es el sacerdote y pontífice principal que ofrece este sacrificio. Y por esta razón el Profeta David (Sal., 109, 4) y el Apóstol San Pablo (Hebr., 7, 17, 21) le llaman Sacerdote eterno según la orden de Melquisedec y no se dijera bien sacerdote perpetuo, si una sola vez hubiera ofrecido sacrificio; pero se dice Sacerdote eterno, porque siempre ofrece sacrificio por medio de los sacerdotes, y nunca cesa ni cesará de ofrecerle hasta el fin del mundo. Tal Sacerdote y tal Pontífice habíamos nosotros menester, dice el Apóstol (Hebr., 7, 16), que no fuese como los otros sacerdotes, que primero han menester rogar a Dios por sus pecados, y después por los del pueblo; sino tal, que por su dignidad y reverencia fuese oído (Hebr., 5, 7); tal, que no con sangre ajena, sino con la suya propia aplacase a Dios. Pues ponderemos aquí las invenciones de Dios y el artificio y sabiduría de sus consejos que tomó para la salud de los hombres, y lo que hizo para que este sacrificio fuese por todas partes acepto, agradable y eficaz, como lo pondera muy bien San Agustín. Porque habiendo en un sacrificio cuatro cosas que considerar: la primera, a quién se ofrece; la segunda, quién le ofrece; la tercera, qué es lo que se ofrece; la cuarta, por quién se ofrece: la sabiduría de Dios ordenó de tal manera este sacrificio y con tal artificio, que el mismo que ofrece este sacrificio para reconciliarnos con Dios, es uno con Aquel a quien le ofrece, y se hizo uno con aquellos por quien le ofrecía, y Él mismo era lo que ofrecía. Y así fue de tanto valor y eficacia, que bastó para satisfacer y aplacar a Dios, no sólo por nuestros pecados, sino por los de todo el mundo, y de cien mil mundos que hubiera: [El mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados, y no tan sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo] le dice el Apóstol y Evangelista San Juan (1 Jn., 2, 2). Y así dicen los teólogos y Santos que este sacrificio no sólo fue suficiente satisfacción y recompensa por nuestras deudas y pecados, sino muy superabundante; porque mucho más es lo que se da y ofrece aquí, que la deuda que debíamos; y mucho más agradó al Padre Eterno este sacrificio, que le había desagradado la ofensa cometida. De aquí también, que, aunque el sacerdote sea malo y pecador, no por eso deja de aprovechar y valer este sacrificio a aquellos por quien se ofrece, ni se disminuye nada de su valor y eficacia; porque Cristo es no sólo el sacrificio, sino el Sacerdote y Pontífice que le ofrece. Como la limosna que vos hacéis, aunque la enviéis por medio de un criado que sea malo y pecador, no por eso pierde nada de su virtud y mérito. 

Dice el Concilio Tridentino: El mismo sacrificio es éste que el que entonces se ofreció en la cruz, y el mismo es el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes. Solamente está la diferencia, dice el Concilio, en que aquel que se ofreció en la cruz fue sacrificio cruento, que quiere decir sangriento, con derramamiento de sangre, porque Cristo era entonces pasible y mortal; y éste de la Misa es sacrificio incruento, que quiere decir sin derramamiento de sangre, porque ya Cristo está glorioso y resucitado, y así no puede Morir ni padecer (Rom., 6, 9). 

Dice el Concilio, y lo dicen los Evangelistas, que habiendo el Redentor del mundo de ser sacrificado y morir en la cruz para redimirnos, no quiso que se acabase allí el sacrificio, porque era Sacerdote para siempre; quiso que la Iglesia tuviese y le quedase su sacrificio. Y porque era Sacerdote según la orden de Melquisedec, el cual ofreció sacrificio de pan y vino, convenía que se nos quedase en sacrificio debajo de especies de pan y vino. Y así en la última cena (1 Cor., 11, 23), [en la noche en que había de ser traidoramente entregado, tomó el pan, y haciendo gracias, lo partió y se lo dio a sus discípulos]. Entonces, cuando los hombres trataban de darle la muerte, trataba Él de darles a ellos la vida. Quiso dejar a su esposa la Iglesia un sacrificio visible, como lo pide la naturaleza de los hombres, que no sólo representase y trajese a la memoria aquel sacrificio sangriento de la cruz, sino que tuviese la misma virtud y eficacia que aquél para perdonar pecados y aplacar a Dios y reconciliarse con Él, y que fuese en efecto el mismo sacrificio; y así consagró su cuerpo y sangre santísima debajo de especies de pan y vino, convirtiendo el pan en su cuerpo y el vino en su sangre; y debajo de aquellas especies se ofreció al Padre Eterno. Aquélla dicen los doctores que fue la primera Misa que se celebró en el mundo. Y entonces ordenó a sus discípulos sacerdotes del Nuevo Testamento, y les mandó a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, que ofreciesen este sacrificio, diciendo (Lc., 22, 19): [Haced esto en memoria mía]. 429 

Por esta razón dicen algunos que la fiesta del Santísimo Sacramento es la mayor de cuantas la Iglesia celebra de Cristo nuestro Redentor, porque las demás solamente son memoria y representación, como la de la Encarnación, Natividad, Resurrección y Ascensión; no se hace entonces el Hijo de Dios hombre, ni nace, ni resucita, ni sube a los Cielos; pero esta fiesta no es solamente memoria y representación, sino que de nuevo viene y está Cristo debajo de aquellas especies sacramentales, cada vez que el sacerdote dice las palabras de la consagración; y de nuevo se ofrece cada día en la Misa el mismo sacrificio que se ofreció cuando Cristo nuestro Redentor murió por nosotros en la cruz. 

Consideremos aquí el amor grande de Cristo para con los hombres y lo mucho que le debemos; que no se contentó con ofrecerse una vez en la cruz por nuestros pecados, sino quiso quedarse acá en sacrificio, para que tengamos, no sólo una vez, sino muchas y cada día hasta el fin del mundo, un sacrificio agradable que ofrecer al Padre Eterno, y un presente tan grande y tan precioso que presentarle por nuestros pecados para aplacarle, que no puede ser mayor ni más precioso y agradable. ¿Qué fuera del pueblo cristiano si no tuviéramos este sacrificio con que aplacar a Dios? Ya estuviéramos como otra Sodoma y Gomorra (Isai.. 1, 9), y nos hubiera Dios asolado y destruido como nuestros pecados merecían. Este dice Santo Tomás que es el efecto propio del sacrificio, aplacar a Dios con él, conforme a aquello de San Pablo (Efes., 5, 2): [Se ofreció a Si mismo por nosotros a Dios en ofrenda y hostia de suavísimo olor]. Como cuando acá un hombre se aplaca y perdona la injuria que le han hecho, por algún servicio o presente que le hacen, así es tan acepto y tan agradable a Dios este sacrificio y presente que le hacemos, que basta para aplacarle, y para que podamos parecer delante de Él y que nos mire con ojos de piedad. 

Si el Viernes Santo, cuando fue crucificado el Redentor del mundo, os hallarais al pie de la cruz, y cayeran sobre vos aquellas gotas de su preciosa sangre, ¡qué consolación sintiera vuestra alma! ¡Qué esfuerzo tomaríais! ¡Qué esperanza tan cierta cobraríais de vuestra salvación! El ladrón, que en toda su vida no había sabido sino hurtar, cobró tan grande ánimo, que de ladrón se tornó santo, y de la cruz hizo paraíso. Pues el mismo Hijo de Dios, que entonces se ofreció en la cruz, Él mismo se ofrece ahora en la Misa por vos, y de tanto valor y eficacia es este sacrificio como aquél. Y así dice la Iglesia: [Cuantas veces se celebra la memoria de este sacrificio, se ejecuta la obra de nuestra redención]. Aquellos frutos grandes de aquel sacrificio sangriento manan y se nos comunican a nosotros por éste sin sangre.  

Es tan alto y soberano este sacrificio, que a sólo Dios se puede ofrecer. Y lo nota el Concilio Tridentino. Dice que aunque la Iglesia acostumbra a decir Misa en reverencia y memoria de los Santos, pero que no se ofrece este sacrificio de la Misa a los Santos. Y así no dice el sacerdote: Le ofrezco a San Pedro o a San Pablo; sino se ofrece a sólo Dios, dándole gracias por las victorias y coronas que dio a los Santos, e implorando su patrocinio, para que ellos intercedan por nosotros en el Cielo, pues nosotros los honramos y reverenciamos en la tierra. 

De manera que este divino misterio, no solamente es Sacramento como los demás, sino juntamente es sacrificio; y hay mucha diferencia entre estas dos razones, de sacramento y de sacrificio; porque el ser sacrificio consiste en que se ofrezca por medio del sacerdote en la Misa. Sentencia es muy recibida de los teólogos que la esencia de este sacrificio consiste en la consagración de entrambas especies, y que entonces se ofrece, cuando se acaban de consagrar. Así como en el punto que Cristo expiró, se acabó de hacer aquel sacrificio cruento, en que se ofreció al Padre Eterno por nosotros en la cruz, así en la Misa este sacrificio, que es verdadera representación de aquél, y es el mismo que aquél, se acaba esencialmente y se ofrece en el punto en que se acaban de decir las palabras de la consagración sobre el pan y sobre el vino, porque entonces está allí por virtud y fuerza de las palabras el cuerpo en la hostia y la sangre en el cáliz; y en aquella consagración de la sangre, que se hace en acabando de consagrar el cuerpo, se presenta al vivo el derramamiento de la sangre de Cristo y consiguientemente el apartamiento del ánima del cuerpo, que de ese derramamiento y apartamiento de la sangre del cuerpo se siguió. De manera, que por las palabras de la consagración se produce el sacrificio que se ofrece, y por ellas mismas se hace la oblación. Pero el ser sacramento, lo es siempre, después de consagrado, mientras duran las especies de pan; cuando está reservado en la custodia, cuando le llevan a los enfermos y cuando uno comulga; y no tiene entonces razón ni fuerza de sacrificio. 

Y hay otra diferencia, que en cuanto es sacramento, aprovecha al que lo recibe como los demás sacramentos, dándole gracia y los demás efectos propios suyos. Pero en cuanto es sacrificio, aprovecha no solamente al que lo recibe, sino también a otros por quien se ofrece. Y así nota el Concilio Tridentino que para estas dos cosas y por estas dos causas instituyó Cristo este divino misterio: la una, para que como sacramento fuese mantenimiento del alma, con el cual se pudiese conservar, restaurar y renovar la vida espiritual; la otra, para que la Iglesia tuviese un sacrificio perpetuo que ofrecer a Dios, para perdón y satisfacción de nuestros pecados, para remedio de nuestras necesidades, en recompensa y agradecimiento de los beneficios recibidos, y para impetrar y alcanzar nuevas gracias y mercedes del Señor. Y no solamente para remedio y alivio de los vivos, sino también de los difuntos que mueren en gracia y están en purgatorio: a todos aprovecha este sacrificio. 

Y hay aquí una cosa de gran consuelo, que así como el sacerdote, cuando dice Misa, ofrece este sacrificio por sí y por otros, así también todos los que la están oyendo ofrecen juntamente con él este sacrificio por sí y por otros. Así como cuando un pueblo ofrece un presente a su señor, vienen tres o cuatro hombres, y habla uno solo con él, pero todos traen el presente y todos le ofrecen; así acá, aunque sólo el sacerdote habla y con sus manos ofrece este sacrificio, pero por manos del sacerdote ofrecen todos. Verdad es que hay diferencia, porque en el ejemplo que traemos, aunque escogen uno que hable, pero cualquiera de los otros podía hacer aquello; y en la Misa no: porque sólo el sacerdote, que está escogido de Dios para ello puede consagrar y hacer lo que se hace en la Misa; pero todos los demás que sirven o asisten a ella, ofrecen también aquel sacrificio. Y así lo dice el mismo sacerdote en la Misa: Rogad, hermanos, a Dios, que mi sacrificio y vuestro sea acepto y agradable a Dios todopoderoso; y en el Canon dice: [Por los cuales te ofrecemos, o ellos te ofrecen.] Lo cual debería poner mucha codicia a todos de oír y ayudar las Misas: y lo declararemos más en el capítulo siguiente. 

EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez

martes, 7 de noviembre de 2017

viernes, 3 de noviembre de 2017

EGO SUM VERITAS = YO SOY LA VERDAD



31/10/2017 

Hoy se cumplen 500 años desde la rebelión del sacerdote agustino y heresiarca Martín Lutero, en la vigilia de la fiesta de Todos los Santos de 1517, cuando publicó sus «95 Tesis» en el atrio del templo de Wittenberg.

I. Anti-modelo del Evangelio

Nacido en 1483, fraile agustino, quien por no dominar sus pasiones, apostató de su fe y de su religión, excitando a la rebelión, dando los más grandes escándalos públicos. Así azuzaba a los campesinos a la guerra: Corred, matad, destruid, saquead sin escrúpulo: cuanto recojáis es vuestro.

¡Qué fundador de una «iglesia de Cristo»! «Lutero fue un glotón, a menudo borracho, blasfemo, de lenguaje procaz, iracundo de carácter, de pasiones violentas. Pero es bueno, sin embargo, que se sepa además sobre el “hombre Lutero” con su contradictoria psicología, con sus conflictos interiores, con sus altos y bajos, con sus múltiples enfermedades psíquicas y físicas, con sus dramas angustiosos en sus relaciones con la Justicia divina y la imposible abstención del pecado. Su lucha contra las “tentaciones” fue un trabajo de Sísifo».

Así como era descontrolado en el comer, lo era también en el denigrar, en el ofender, en la maledicencia, carente de inhibiciones, con su furia contra los campesinos, su autorización. De la bigamia, su odio feroz e implacable contra sus enemigos, su lenguaje procaz, su ética sexual permisiva, su negación radical de los dogmas de fe, su radical eliminación del estado religioso, y tantas otras cosas más aún que nos hace decir: ¿cómo pudo decir ese Cardenal que Lutero fue «nuestro común Maestro»?[1], también el Papa Bergoglio ha dicho que el heresiarca es un «testigo del Evangelio».

La «Reforma» de Lutero clamó contra diversas fallas de la Iglesia, eran faltas verdaderas como lo reconoce Chesterton: «Es perfectamente cierto que podemos encontrar males reales, que provocaban la rebeldía, en la Iglesia Romana anterior a la Reforma». Pero agrega enseguida «Lo que no podemos encontrar es que uno solo de esos males reales fuera reformado por la Reforma».

«La Revolución religiosa comenzó con el “libre examen” de Lutero, erigiéndose en criterio personal, en norma suprema de la verdad cristiana. En vez de aceptar el hombre las verdades de la fe tales como fueron reveladas por Dios e interpretadas y enseñadas por el Magisterio de la Iglesia, su auténtica depositaria, convirtió su propia inteligencia en “cátedra”, aun contra la autoridad de la Iglesia docente».

El Padre Luigi Villa enseña:

La posición de Lutero se reduce a esto:

– una Sola Escritura, sin la Tradición de la Iglesia;

– una Sola Fe, sin las obras;

– una Sola Gracia, sin la colaboración del hombre en su libertad moral;

– un Solo Dios, sin la mediación, para su salvación, de la Iglesia y la intercesión de los Santos.

Lutero deformó el texto de la Carta a los Romanos, (3, 28), donde dice San Pablo que el hombre se justifica por la fe, sin que en ese texto original figure la palabra «sola», que añadió por su cuenta el heresiarca en la traducción de la Biblia al alemán.

II. Lutero el blasfemo

Vamos directamente a esta blasfemia sin nombre: Cristo -dice Lutero- cometió adulterio por primera vez con la mujer de la fuente de quien nos habla San Juan. ¿No se murmuraba en torno a Él? ¿Qué hizo, entonces, con ella? Después, con Magdalena; enseguida, con la mujer adúltera, que El absolvió tan livianamente. Así, Cristo, tan piadoso, también tuvo que fornicar antes de morir («Propos de table», núm. 1472, ed. de Weimar II, 107 – cfr. op. cit., pág. 235).

Leído esto, no nos sorprende que Lutero piense -como apunta Funck-Brentano- que ciertamente Dios es grande y poderoso, bueno y misericordioso (…), pero estúpido —Deus est stultissimus— («Propos de table», núm. 963, ed. de Weimar, I, 478). Es un tirano. Moisés procedía, movido por su voluntad, como su lugarteniente, como verdugo que nadie superó, ni aún igualó, en asustar, aterrorizar y martirizar al pobre mundo (op. cit., pág. 230).[2]

Lutero -comenta Funck-Brentano- llega a declarar que Judas, al traicionar a Cristo, procedió bajo la imperiosa decisión del Todopoderoso. Su voluntad (la de Judas) era dirigida por Dios; Dios lo movía con su omnipotencia. El propio Adán, en el paraíso terrenal, fue obligado a proceder como procedió. Estaba colocado por Dios en tal situación, que le era imposible no prevaricar (op. cit., pág. 246).

Aún coherente con esta abominable secuencia, en un panfleto titulado «Contra el pontificado romano fundado por el diablo», de marzo de 1545, Lutero no llamaba al Papa de Santísimo, según la costumbre de aquel tiempo, sino de infernalísimo (cfr. op. cit., págs. 337-338).

«Cuando la Misa haya sido subvertida, yo estoy convencido de que habremos subvertido con ella al papismo. (…). Declaro que todos los prostíbulos, los homicidios, los robos, los asesinatos y los adulterios ¡son menos malvados que esa abominación que es la Misa de los papas!».

III. Testaferro de la Revolución

La esencia de la Revolución tiene su origen en la rebelión gnóstica e igualitaria de Lucifer cuando expresó aquella frase que es la síntesis de la soberbia endiosada, y que han repetido a través de los siglos todos aquellos que se atribuyeron como propios los bienes recibidos: «Non serviam», «No quiero servir».[3] Grito que estableció en el Cielo la primera de todas las revoluciones.

En un terreno abonado por las teorías del humanismo y del renacimiento, Lutero encabezó hace cinco centurias la más importante rebeldía de los tiempos modernos. El humanismo fue reconocidamente un movimiento cultural, pero fue también un retorno al paganismo bajo el disfraz cultural.

El siglo XVIII fue testigo del desarrollo más de la rebelión que alcanzó su punto culminante con la exaltación de la razón. Devino la segunda etapa con la Revolución Francesa que renegó del Cristianismo la religión revelada, para entronizar a la fabricada «diosa razón», por lo que fueron llamados racionalistas.

«No pusieron en cuestión la existencia de Dios, por cierto, pero negaron a la Iglesia y negaron a Cristo como Verbo encarnado, aceptándolo sólo como una gran personalidad. Y aun aquel Dios, cuya existencia toleraron, ya no era el Dios uno y trino, sino un Dios remoto y vaporoso, el Supremo Arquitecto, idea inspirada en el espíritu de la masonería, que fue la gestora principal de aquella Revolución. En fin, tratose de una exaltación desmesurada de la naturaleza, con la consiguiente exclusión del entero orden sobrenatural».[4]

En 1917 se desató la tercera etapa de la rebelión. Un nuevo punto de partida para la Revolución –«la más trágica de la historia, la más sangrienta, la etapa del marxismo en el poder, vástago de la Revolución francesa, como se encargaron de señalarlo los iniciadores del nuevo movimiento. El comunismo es primariamente un fenómeno teológico, o mejor, anti-teológico. Con su anti-teísmo militante no se contentará con negar a la Iglesia (como lo hizo el protestantismo), ni a la Iglesia y a Cristo (como el deísmo racionalista), sino que pretenderá oponerse al mismo Dios. La forma que asumió fue la de una “religión invertida”, la religión de la anti-teología, algo realmente demoniaco, considerando a la religión revelada por Dios como “el opio del pueblo”».[5]

El marxismo no es el efecto de una circunstancia ocasional, sino que está en perfecta continuidad con las subversiones anteriores. Ideología que Nuestra Señora de Fátima llamó error.

Como tampoco es la actual IV etapa de la rebelión: la revolución del paganismo tribal con el desmoronamiento del pudor, la rápida desaparición de las fórmulas de cortesía… que busca tribalizar también la esfera espiritual.[6]

La obra de Lutero básicamente consistió en el desmantelamiento de toda la base de la Iglesia, tal como se había afirmado durante los quince siglos precedentes a su rebelión.

Con la teoría del sacerdocio de los fieles sembró la semilla del moderno igualitarismo, que devino en otras desconstrucciones doctrinales como la abolición del celibato eclesiástico, la secularización de la vida diaria eliminando festividades religiosas, el abandono de la ley canónica, etc. Dio a luz al desprecio por el derecho natural, la ruptura entre cristiano y ciudadano, y la adoración del Estado.

IV. Jesucristo Rey del Universo, la fiesta anti-Lutero

Desde la rebelión de Martín Lutero, los protestantes celebran el domingo anterior al 31 de octubre el Domingo de la Reforma.

EL Papa Pío XI al instituir la fiesta de Jesucristo Rey del Universo, en 1925, había decretado «que se celebre en todas las partes de la tierra el último domingo de octubre, esto es, el domingo que inmediatamente antecede a la festividad de Todos los Santos».[7] Trasladada, tras el Vaticano II al último domingo del año litúrgico.

«De esta manera los misterios de la vida de Cristo conmemorados durante el año terminarán y quedarán coronados con esta solemnidad de Cristo Rey, y antes de celebrar la gloria de Todos los Santos, se celebrará y se exaltará la gloria de Aquel que triunfa en todos los santos y elegidos».[8]

El plan de Satán, de la Revolución, de los enemigos de Cristo, es eliminarlo definitivamente de la sociedad, de las familias, de los individuos, para levantar un orden de cosas en el que El deje de ser el fundamento: «¡No queremos que Este reine sobre nosotros!».

Así Pío XI en su extraordinaria encíclica Quas primas llamó peste a la ideología laicista, denunciando con claridad profética que ésta comienza por negar la soberanía de Cristo sobre todas las gentes, y que consecuentemente con sus malvados intentos se niega a la Iglesia, el derecho, que es consecuencia del derecho de Cristo, de enseñar al linaje humano, de dar leyes, de regir a los pueblos, en orden -claro es- a la bienaventuranza eterna y equiparando ignominiosamente a la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, con las falsas religiones. Aún más, el Pontífice alertaba ya de los intentos de sustituir la religión divina por una cierta religión natural, por un cierto sentimiento natural. Ni tampoco faltaron naciones que juzgaron poderse pasar sin Dios y hacer religión de la impiedad y del menosprecio de Dios. Luminosas y proféticas enseñanzas del Papa Ratti.

El dogma de Cristo Rey es sinónimo del dogma «Fuera de la Iglesia no hay salvación», es sumisión a su Doctrina y a su enseñanza: «Reino de Verdad y de Vida». «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie va al Padre, sino por Mí» (Jn 14, 6).

Quién mejor para cerrar este artículo que un grande: Emilio Castellar:

Oíd jóvenes, estaban en el Capitolio de Roma, todos los dioses que entonces adoraba el mundo, allí estaba el Isis y Osiris de los egipcios, allí el Baal y la Melita de los babilonios, allí el Ormuzd y el Ahrimán de los persas, allí el Júpiter y la Venus de los griegos, allí el Baco y el Jano de los romanos, allí estaban sobre aquellos pedestales de mármol recibiendo las adoraciones y la sangre de los sacrificios de la humanidad, de pronto se abre de par en par la puerta del augusto templo y entra un misterioso personaje: lleva sobre su cabeza una corona de espinas, sobre su espalda arrastra una pesada Cruz, avanza lentamente, dejando detrás de sus pisadas las huellas de su sangre, llega al centro del famoso templo y yergue con magnifica majestad su cabeza y exclama: Ego sum veritas = Yo soy la Verdad, y aquellos dioses falsos del paganismo se bambolean, se derrumban, caen, se convierten en polvo, y el misterioso personaje avanza, y sobre aquél polvo de todas las falsas divinidades del mundo pagano, levanta Él su altar y dice a las generaciones humanas que pasan: Ego sum veritas, Ego sum caritas, Yo soy la Verdad, Yo soy el Amor, y el mundo regenerado y redimido cayó de rodillas delante de Jesucristo, porque era la Verdad y era la Caridad, es decir, era el Verdadero Dios.

Germán Mazuelo-Leytón


[1] VILLA, P. LUIGI, La teología de Martín Lutero.

[2] Cf.: CORREA DE OLIVEIRA, Prof. PLINIO, Lutero: ¡No y no!

[3] JEREMÍAS 2, 20.

[4] Cf.: SÁENZ S.J., P. ALFREDO, La realeza de Cristo y la apostasía del mundo moderno.

[5] Ibid.

[6] MAZUELO-LEYTÓN, GERMÁN, La revolución conduce la nueva Iglesia. http://adelantelafe.com/la-revolucion-conduce-la-nueva-iglesia/

[7] PIO XI, Encíclica Quas primas, nº 30.

[8] Ibid.: nº 31.


domingo, 29 de octubre de 2017

FIESTA DE CRISTO REY - ÚLTIMO DOMINGO DE OCTUBRE




En su manto y sobre su muslo
tiene escrito este nombre:
Rey de reyes y Señor de señores.
(Apocalipsis, 19, 16)


Esta gran festividad fue instituida en 1925 por Pío XI, para honrar al Rey de reyes y Señor de los que dominan.

Hoy es el día de proclamar su realeza, y de decir: ¡Venga a nos el tu reino!, de decir al Padre: "¡Padre, glorifica a tu Hijo!"

"La revolución ha comenzado por proclamar los derechos del hombre, y no terminará sino al proclamar los derechos de Dios". Así decía en el siglo XIX el conde de Maistre.

"Jesucristo no es Rey por gracia nuestra, ni por voluntad nuestra, sino por derecho de nacimiento, por derecho de filiación divina, por derecho también de conquista y de rescate".

"Así que Cristo es Rey universal de este mundo por su propia esencia y naturaleza" (S. Cirilo de Alejandría), en virtud de aquella admirable unión que llaman hipostática, la cual le da pleno dominio no sólo sobre los hombres, sino hasta sobre los Ángeles y aun sobre todas las criaturas. (Pío XI)

Y ¿qué de extraño tiene que sea Rey de los hombres el que fue Rey de los siglos? Pero Jesucristo no es Rey para exigir tributos o para armar un ejército con hierro y pelear visiblemente contra sus enemigos. Es Rey para gobernar los espíritus, para proveer eternamente al mundo, para llevar al reino de los cielos a los que creen, esperan y aman. El Hijo de Dios, igual al Padre, el Verbo por el cual todas las cosas fueron hechas, si quiso ser Rey de Israel, fue pura dignación y no una promoción; fue una señal de misericordia, no un aumento de poder. (S. Agustín)

Nadie tema vaya a perder algo porque se someta al "suavísimo imperio" de Cristo (Col.). No teman las sociedades, porque Él es quien las funda y las sustenta. No teman los poderosos, porque "no quita los reinos mortales quien da los celestiales". No teman tampoco los individuos, porque servir a Cristo es reinar. Es un Amo tal que no esclaviza ni esquilma a sus servidores; un Pastor y un Señor que no engorda con la carne del rebaño, ni se viste con sus lanas, ni se regala con su leche, antes se desvive por los suyos y se les entrega con todos sus haberes ya desde la tierra, hasta que sean capaces de poseerle y de gozarle más cumplidamente allá en el cielo. Tiene derecho a todo mando y a todo honor, pero exige poco y hasta llega a decir que: "su reino no es de este mundo" (Ev.). Por eso, nada hay de más irracional y más incomprensible que el grito rabioso de esa chusma que todavía vocifera: "¡No queremos que Cristo reine sobre nosotros!". Piensan los insensatos que les va a privar de la libertad, cuando se la va a acrecentar y perfeccionar, proscribiendo tan sólo el libertinaje, tan fatal para las almas como para los cuerpos, para las naciones como para los individuos, ya que "lo que hace míseros a los pueblos es el pecado".

Conviene, pues, que Él reine, oportet Illum regnare, porque su reinado "es eterno y universal, es un reinado de verdad y de vida de santidad y de gracia, de justicia, de amor y de paz" (Pref.). Quiere ante todo reinar en las inteligencias, en las voluntades y en los corazones de los hombres. Es un reinado antes que todo espiritual: el aparato exterior lo tiene en poco huye ahora del fausto externo, como huyó cuando los hombres quisieron tributarle los honores de rey, y por eso sigue humilde y "escondido en nuestros altares bajo las figuras de pan y de vino" (Himno de Vísperas).

Esta fiesta viene hacia el final del año litúrgico. Es la coronación de toda la obra redentora de Cristo, corona de todos los santos en la patria celestial. Jesucristo es Rey y lo es ante todo en el altar. En el sacramento de la Eucaristía opera su obra de santificación en las almas, forma de continuo en la Iglesia su "Cuerpo Místico" que un día trasladará al Reino del Padre, para tomar parte en el magno concierto de alabanzas que sin cesar se tributan a la Trinidad Beatísima en el Cielo.

Del Misal Diario y Vesperal de Dom Gaspar Lefebvre O.S.B.


Oración a Cristo Rey

¡Oh Cristo Jesús! Os reconozco por Rey universal. Todo lo que ha sido hecho, ha sido creado para Vos. Ejerced sobre mí todos vuerstros derechos.

Renuevo mis promesas del Bautismo, renunciando a Satanás, a sus pompas y a sus obras, y prometo vivir como buen cristiano. Y muy en particular me comprometo a hacer triunfar, según mis medios, los derechos de Dios y de vuestra Iglesia.

¡Divino Corazón de Jesús! Os ofrezco mis pobres acciones para que todos los corazones reconozcan vuestra Sagrada Realeza, y que así el reinado de vuestra paz se establezca en el Universo entero. Amén.


Consagración de la humanidad para el día de Cristo Rey por el Papa Pío XI

¡Dulcísimo Jesús, Redentor del género humano! Miradnos humildemente postrados; vuestros somos y vuestros queremos ser, y a fin de vivir más estrechamente unidos con vos, todos y cada uno espontáneamente nos consagramos en este día a vuestro Sacratísimo Corazón.

Muchos, por desgracia, jamás, os han conocido; muchos, despreciando vuestros mandamientos, os han desechado. ¡Oh Jesús benignísimo!, compadeceos de los unos y de los otros, y atraedlos a todos a vuestro Corazón Santísimo.

¡Oh Señor! Sed Rey, no sólo de los hijos fieles que jamás se han alejado de Vos, sino también de los pródigos que os han abandonado; haced que vuelvan pronto a la casa paterna, que no perezcan de hambre y miseria.

Sed Rey de aquellos que, por seducción del error o por espíritu de discordia, viven separados de Vos; devolvedlos al puerto de la verdad y a la unidad de la fe para que en breve se forme un solo rebaño bajo un solo Pastor.

Sed Rey de los que permanecen todavía envueltos en las tinieblas de la idolatría; dignaos atraerlos a todos a la luz de vuestro reino.

Conceded, ¡oh Señor!, incolumidad y libertad segura a vuestra Iglesia; otorgad a todos los pueblos la tranquilidad en el orden; haced que del uno al otro confín de la tierra no resuene sino ésta voz: ¡Alabado sea el Corazón divino, causa de nuestra salud! A Él se entonen cánticos de honor y de gloria por los siglos de los siglos. Amén.

jueves, 26 de octubre de 2017

¿LA SINAGOGA DE SATANÁS EN CATALUÑA? por Gil de la Pisa





Agnus Dei Prod
Publicado el 10 oct. 2017

Don Gil de la Pisa analiza la influencia de la masonería en el grave conflicto catalán para romper España y su esencia católica.
El separatismo es el nuevo ídolo que ha sustituido a la religión. Los pueblos del interior antaño carlistas y muy católicos hoy son focos de separatismo radical.
La competencia de educación ha hecho que varias generaciones se envenenasen en el odio a España.
Por su parte los medios de comunicación públicos han sido medios de propaganda separatista.
Cataluña será católica o no será.

miércoles, 25 de octubre de 2017

LA SAGRADA COMUNIÓN Y EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA - XIII

CAPÍTULO 13 
Qué es la causa que obrando este divino Sacramento tan maravillosos 
efectos, algunos que le frecuentan no los sienten en sí. 

Preguntará alguno: pues este santísimo Sacramento da tanta gracia, y obra tantos y tan maravillosos efectos, ¿qué es la causa que muchas personas que celebran y comulgan a menudo, no sienten en sus almas, no sólo aquel gusto y suavidad espiritual que decíamos (cap. 9), pero ni aun parece que aprovechan en la virtud, sino que se están siempre casi de una misma manera? Algunos suelen responder a esto con aquel proverbio común, que la mucha conversación es causa de menosprecio, pareciéndoles que la mucha frecuencia es causa que no se lleguen con tanta reverencia y disposición, y así que no saquen tanto fruto; pero no tienen razón, porque esto no ha lugar en las cosas espirituales y trato con Dios. Aun con los hombres sabios y prudentes dicen que no ha esto lugar, sino que antes la mucha conversación y familiaridad con ellos causa mayor estima y reverencia, porque cuanto uno más los trata, tanto más conoce su prudencia y virtud, y así tanto más los estima. 

Pero demos que tenga lugar ese proverbio en los sabios del mundo, porque, al fin, como en esta vida miserable no puede haber ninguno tan perfecto que no tenga algunas faltas, y ésas se descubran tratando mucho y muy familiarmente con él, puede la mucha familiaridad ser causa que se disminuya su opinión y estima. Empero en el trato y familiaridad con Dios no puede haber esto lugar, porque como este Señor sea de infinita perfección y sabiduría, cuanto más uno trata con Él y más le conoce, tanto más lo reverencia y estima: como lo vemos en los santos ángeles y bienaventurados, que conocen perfectísimamente a Dios en el Cielo y conversan con El familiarmente y lo experimentamos también acá en la tierra, porque cuanto uno más trata con Dios en la oración tanto más le reverencia y estima. 

Y se nos declara esto bien en lo que el sagrado Evangelio cuenta de aquella mujer samaritana, que al principio trató a Cristo como a uno del pueblo (Jn., 4, 9-19): [¿Cómo Tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy mujer de Samaria?] Le llamó el nombre común de la nación; pero procediendo un poco más adelante en la conversación, le llamó Señor: [Señor, dame de esa agua]. Y procediendo un poco más adelante, le llama Profeta: [Veo que Tú eres Profeta]. Y prosiguiendo más adelante, le reconoce por Cristo y por el Mesías. De la misma manera es en la frecuencia de los Sacramentos; antes una Comunión dispone para otra. Y es engaño grande pensar que por llegarse uno de tarde en tarde a recibir este santísimo Sacramento, irá con mayor preparación y reverencia. Y así dijo muy bien San Agustín y San Ambrosio que el que no le merece recibir cada día, no merece recibirle una vez al año. 

Pues respondiendo a la duda, digo: lo primero, que el no sentir tanto fruto con la frecuencia de este santísimo Sacramento, unas veces viene por culpa nuestra, porque no nos preparamos y disponemos para recibirle como debemos, sino llegamos a Él por una manera de costumbre o cumplimiento, que es como si dijésemos: comulgo porque otros comulgan y porque ya lo tengo de costumbre; nos llegamos como por vía de ceremonia, sin haber precedido consideración ni sentimiento de lo que vamos a hacer; eso es la causa de sentir poco fruto. Y así, cuando uno siente en sí que no medra ni aprovecha con la frecuencia de este santo Sacramento, debe mirar y examinar muy bien si es por falta de disposición, y si halla serlo, ha de procurar remediarlo. 

Otras veces suele provenir esto de dejarse uno caer advertidamente en culpas veniales. Dos maneras hay de culpas veniales: unas, que se hacen por inadvertencia, aunque con algún descuido y negligencia; otras hay que se hacen advertidamente y de propósito. Las culpas veniales, en que por no advertir caen las personas temerosas de Dios y diligentes en su servicio, no hacen este daño; mas las que con deliberación, de propósito y advertidamente hacen las personas tibias remisas en el servicio de Dios, impiden en gran parte los efectos divinos de este santísimo Sacramento. Y lo mismo podemos decir de las faltas que deliberadamente y de propósito hace uno en la observancia de sus reglas e instituto. Así como un padre suele mostrar a su hijo el rostro torcido cuando ha hecho alguna falta, para reprenderle con aquello y avisarle que ande con más cuidado de allí en adelante, así lo suele hacer Dios con nosotros en la Comunión y en la oración. Y así, si queremos participar del copioso fruto de que suelen gozar los que se llegan a este divino Sacramento como deben, es menester que procuremos no hacer faltas advertidamente y de propósito. Y noten mucho esto las personas temerosas, porque es de mucha importancia para recibir grandes mercedes de Dios. 

Lo tercero, digo que el no sentir uno con este divino Sacramento aquellos efectos que hemos dicho, muchas veces no es por culpa alguna, ni por eso deja de recibir en su alma grande fruto, aunque a él le parezca que no lo siente; como solemos decir de la oración, de la cual suelen tener muchos la misma queja, que aunque uno no sienta en ella el gusto y consuelo que desea y otras veces por ventura suele sentir, no por eso deja de ser de mucho provecho. como el manjar al enfermo, aunque no le dé gusto, no por eso le deja de sustentar y ser provechoso. Son esas cosas que pertenecen a la providencia altísima de Dios, el cual suele de esta manera probar a sus siervos, y ejercitarlos, y humillarlos, y sacar otros bienes que Él sabe. se añade a esto que algunas veces obra este Sacramento tan secretamente, que apenas lo puede el hombre entender, porque la gracia comúnmente obra como la naturaleza, poco a poco, como parece en una planta que sin echarse de ver cuándo crece, vemos después que ha crecido. Y así, dice San Laurencio Justiniano que así como el manjar corporal sustenta al hombre y hace que crezca, aunque no lo advirtamos, así este divino Sacramento conforta y fortalece al alma con aumento de gracias, aunque no lo sintamos. 

Lo cuarto, digo que no sólo se cuenta por aprovechamiento el ir adelante, sino también el no caer y volver atrás. Y no es menos de estimar la medicina que nos preserva de la enfermedad, que la que nos acrecienta la salud. Y adviértase mucho esto, porque es cosa de gran consuelo para aquellos que no ven tan palpablemente en sí el fruto de este Sacramento. Vemos comúnmente que los que reciben a menudo este divino manjar viven en temor de Dios, y se les pasa todo el año, y a muchos toda la vida, sin hacer pecado mortal: pues ése es uno de los principales frutos y efectos de este Sacramento, conservar a uno que no caiga en pecados, como lo es del manjar conservar la vida corporal. Y lo notó muy bien el Concilio Tridentino diciendo que es remedio y medicina que nos libra de las culpas cotidianas y nos preserva de las mortales. Y así, aunque uno no sienta en sí aquel fervor y devoción, ni aquella hartura y consuelo espiritual, ni después de haber comulgado sienta aquel aliento y ligereza para las buenas obras que otros suelen sentir, sino antes sequedad y tibieza, no por eso deja de recibir fruto. Y si comulgando cae en algunas faltas, no comulgando cayera en otras mayores. Hagamos nosotros buenamente lo que es de nuestra parte para llegarnos con la disposición y reverencia que hemos dicho, que sin duda será grande el provecho que recibirá nuestra alma con la frecuencia de este divino Sacramento. 

Cuenta Tilmán Bredembaquio de un duque de Sajonia, llamado Wedequindo, que era infiel, y vinole curiosidad de ver lo que pasaba en los reales católicos de Carlomagno; y por hacerlo más a su placer, se vistió en hábito de peregrino, y se va allá; era tiempo de Semana Santa y Pascua, cuando toda la gente comulgaba. Él andaba con atención mirándolo todo; y entre otras cosas que vio, fue que cuando el sacerdote comulgaba al pueblo, veía un Niño muy hermoso y muy resplandeciente en cada forma; y dice que en las bocas de unos entraba el Niño tan alegre, tan regocijado y de tan buena gana, que parecía que Él mismo se iba y daba priesa a entrar; en otros, dice que parecía que entraba de muy mala gana y como forzado, porque volvía el rostro y las manos atrás y meneaba los pies, como haciendo resistencia para no entrar en su boca. Y con este milagro se convirtió y se hizo cristiano este príncipe y toda su tierra.  

Otro ejemplo semejante, y que declara más el pasado, se cuenta de un sacerdote seglar, que diciendo Misa, un siervo de Dios que la oía, al tiempo de consumir, vio en la patena, no las especies de pan, sino un Niño; y cuando el sacerdote le levantó para tomarle, volvió el Niño el rostro, y como quien porfiaba, contradiciendo con los pies y manos, a que no le recibiese. Y esto vio aquel siervo de Dios no una, sino algunas veces. Y hablando una vez aquel sacerdote con él, le vino a decir que no sabía qué era, que cada vez que tomaba el cuerpo del Señor, lo tomaba con mucha dificultad. Entonces el siervo de Dios le contó lo que había visto, y le aconsejó que mirase por sí y se enmendase. El sacerdote tomó muy bien el aviso, y compungido enmendó su vida. Y después, oyendo su Misa el mismo siervo de Dios, vio al Niño como de antes; mas que al tiempo de consumir, con los pies y manos juntas se le entraba por la boca con mucha velocidad. 

EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez